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Dos grandes luceros

 25 sep 2017
Por: Alejandro Mier

Perfil del Autor


Alejandro Mier



Semblanza
Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...



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Aprovechando el manto de la noche y que la fiesta sonaba a todo meter en el patio central de la vecindad, Graciela y Lorenzo se escurrieron por el pasillo hacia la parte trasera. En cuanto pasaron por el departamento 8, Lorenzo jaló del suéter a Graciela y la acorraló contra el zaguán.

A Graciela le pareció simpático y sonriéndole le dio un beso pícaro en el pómulo; sin embargo, él le correspondió metiendo su mano por debajo de la falda escolar a cuadros hasta llegar al calzoncillo. Graciela se quedó rígida con los ojos saltones, saltones, y endureció las piernas lo más que pudo. Lorenzo, recordando los consejos de sus hermanos, no permitió que se alejara ni un ápice, la besó y poco a poco comenzó a mover su mano. Justo como se lo habían contado, en escasos instantes, Graciela intercambió las reacciones de sus piernas por las de sus ojos, es decir, fue abriéndolas delicadamente, mientras sus parpados se iban cerrando.

–Suéltame, Lorenzo. Nos va a ver alguien –suplicó Graciela, pero extrañamente lo hizo justo al mismo tiempo que empezó a mover sus caderas en forma circular.

Lorenzo, medio espantado, hubiera preferido soltarla y parar de jugar al joven experto, pero Graciela, que jamás había sentido tal hormigueo, calor y frío a la vez, le encajó las uñas en la espalda y decidió probar hasta donde llegaba el placer. Lorenzo ya de plano, ni lo estaba gozando, más bien se concentraba en que Graciela no se fuera a pegar contra el tanque de gas de tan duro que se mecía y de que en realidad nadie los cachara porque cada vez gemía con más fuerza. La chica por fin llegó al clímax, se colgó del cuerpo de Lorenzo y antes de dejarse caer extasiada, satisfecha, feliz, abrió los ojos y su radiante mirada, cual dos portentosos luceros en medio de un desierto nocturnal, deslumbraron a Lorenzo dejando estampada esa imagen para el resto de sus días.

–Muchacha, ¿pero, dónde estuviste? ¡Mira nada más esas dos chapas! –Reclamó la tía Engracia.

–¡Ay, tía! Es que este sonso de Lorenzo me pegó un sustote y corrimos hasta acá.

–Vete a enjuagar la cara que estás toda sudada y quiero que saludes al padre Eusebio, va a venir a bendecir la vecindad. Y ya te he dicho de mil maneras que no se me da la gana que te juntes con ese bueno para nada.

–Ay, tía, como serás… ¡ahora vuelvo!

Cerca de las diez de la mañana del día siguiente, por encargo de su tía, Graciela salió a comprar leche; pasó por el departamento 3 y, como ya era costumbre, las ventanas de las dos recámaras estaban abiertas por completo. En una de ellas, doña Lola tejía en su mecedora mientras dejaba escapar ese pestilente aroma a rancio que llenaba cada habitación de su casa.

Al llegar al número 5, Graciela escuchó como discutían dos mujeres. No les importaba que todo el planeta supiera que eran lesbianas y mucho menos lo que se pensara en la vecindad, total, en medio de esa gentuza, ¿quién podría arrojar la primera piedra?

Continuó por el zaguán principal sin notar que don Chucho, el del 9, la estaba espiando detrás de las persianas para ver que es lo que llevaba. Para el muy envidioso, su forma de entender la vida, era envenenándose criticando las pertenencias de los demás. Que si el vecino se compró un carro… ¡ni que estuviera tan bonito! Qué si veía a otro prosperando… ¡a ver cuánto le dura el gusto! Vaya, todo le hacía daño, al grado de espiar por las noches quien invitaba a quien a sus casas para que, como si fuera casualidad, aparecer por ahí para colarse.

Finalmente, Graciela pasó por el 15. Lo hizo muy veloz porque era el de Lorenzo. En su casa siempre había mucha gente ya que eran diez hermanos y tal parecía que ninguno trabajaba. Ahí los podías ver a todos por la mañana lavando y arreglando sus flamantes autos. Porque eso sí, decía la tía Engracia, han de ser magos, ninguno trabaja y a todos les aparecen carros de la noche a la mañana, mira nada más. Y sí era cierto, Lorenzo y dos de sus hermanos que también eran de los más chicos, robaban auto partes y los ya más grandes, pues atracaban todo el auto completo. Eso todo el mundo lo sabía, por ello la tía Engracia le tenía prohibido a Graciela juntarse con el pelafustán de Lorenzo.

Graciela llegó al departamento y le entregó la leche a su tía, justo a tiempo porque Lorenzo acababa de salir. Caminó por el pasillo y le dio un par de palmadas a la puerta del 11 para que se callaran; Pedro y su primo Antonio, los muy picados, habían seguido la fiesta y estaban hasta el gorro cantando “Amor eterno”. Tras la voz de la Juanga y la Durcal, lloraban a moco tendido.

Muy sigiloso, Lorenzo se acercó al 14 para ver si aparecía la Graciela. Se había quedado rete picado y durante toda la noche, cada que olfateaba su mano, sentía que la gloria estaba a punto de invadir sus dieciséis avecindados agostos. Espió por la ventana y ahí estaba, como siempre rezando con la tía. ¡Pinche ruca apretada, la va a volver igual que ella! Mírala nomás, toda vestida de negro con esa tela cubriéndole la cabeza como si fuera a un entierro. Y el rosario envuelto en la mano, ni que se le fuera a echar a correr, ¿qué tanto rezarán? ¡No manches! Lorenzo mejor se fue. Ya la buscaría más al rato. Ahorita, su carnal le había encargado unos espejos retrovisores chidos para el Jetta que le “entregaron” la noche anterior.

Cada que la tía Engracia le machacaba con que se alejara de esa bola de truhanes, más arreciaban las calenturas y cada vez era más difícil amansarlas por cuenta propia.

–¡Van a terminar todos en la cárcel, hija! ¡Deberías de escucharme y de una buena vez alejarte del escuincle ese!

-Puede ser, tía, pero que quieres de mí, ¿qué acabe como tú, con ese velo negro, sesentona y soltera?

Era la primera vez que Graciela le contestaba y también le primera cachetada que recibía.

–¡Mal agradecida! ¡Niña ingrata! –Y de manera urgente, sacó una de sus tantas estampitas de santos y le comenzó a rezar.

Dos meses más tarde, en un sucio cuartucho de 50 pesos las 4 horas, Graciela apagaba con Lorenzo la llama que le brotaba de las entrañas, sin saber que al mismo tiempo le estaba inyectando una nueva vida a su tierno vientre.

Se arrejuntaron y más por pena que por otro cosa, se fueron a vivir a una vecindad cercana, y aunque perdieron al chamaco al quinto mes de gestación, pues de todos modos se quedaron juntos.

Con el trotar de los años, su departamento se convirtió en una bodega de cosas robadas. A Graciela no le hacía falta nada, mucho menos desde que en lugar de auto partes, empezaron a aparecer menajes de casas que incluían cualquier variedad de electrodomésticos y aparatos electrónicos.

La última vez que Lorenzo durmió con Graciela, llegó con un televisor de plasma. Mira chiquita, –presumió Lorenzo– mira nada más que chulada, es de 42 pulgadas, pero ni se te ocurra tocarlo porque mañana mismo lo realizo, me van a dar harta lana.

La noche siguiente, pues como la curiosidad era mucha, Graciela encendió la pantalla para ver su telenovela. Tenía la ilusión de mirar lo bonito que se vería Verónica Castro en tamaño animalazo de aparato. Cuando terminó, se acercó para apagarla, pero López Dóriga fue más veloz que ella y como si el conductor del noticiero fuera el que tuviera el control en sus manos, le puso pausa a Graciela y ya congelada, tuvo que escuchar la noticia completa: por fin había caído la peligrosa banda de asalta residencias de los hermanos Morfín. En esa pantalla tan inmensa, Lorenzo lucía insignificante y abatido; traía un raspón en la frente, el ojo morado totalmente cerrado y el pelo casi a rape cuando lo pusieron a modelar para los reporteros con todo y pistola, junto a sus hermanos, por estaturas, así en escalerita, como los formó su mamá aquella navidad para tomarles la foto.

Graciela aguantó unos años sola, muy sola, muriéndose de hambre y de miedo. Con el susto de lo de Lorenzo hasta las calenturas habían menguado; fue como un cubetazo de sábado de gloria. Pronto se volvió una viejita prematura y prefirió regresar a la vecindad, con la tía Engracia.

Pasaron otros tantos años y la tía por fin se marchó; estaba rezando y así, hincada, se quedó tiesa y ni los ojos cerró, como si quisiera seguir vigilando a Graciela pa los restos.

Una tarde cualquiera, un tipo canoso, vestido de overol, entró en la vecindad. Cruzó todo el zaguán sin perder detalle de cada vivienda: absorbió el fétido olor a rancio de doña Lola; oyó las discusiones de las lesbianas y hasta a Pedro y su primo Antonio en la eterna borrachera.

Un viejito asomó el rostro para enterarse de quien eran las pisadas y entre los surcos de sus arrugas, Lorenzo distinguió los ojos chispeantes, llenos de envidia, de don Chucho.

Por fin llegó al departamento 14 y vio a una mujer encorvada, vestida de negro, rezando con un velo que le cubría el rostro. Pensó que no era posible que la tía Engracia todavía viviera, no estaba tan equivocado porque la tía habitaba ahora el cuerpo de Graciela, era como si hubiera reencarnado en su sobrina cuyo único actual interés se centraba en el rezo.

Lorenzo se retiró despacito, sin hacer ruido para no interrumpirla. Iba a visitar el departamento 15 con la esperanza de revivir algunos recuerdos de la infancia, recordar a sus viejos, pero antes de llegar a él, justo en el número 8 se detuvo para mirar como unos chicos se besaban. La niña abrió los ojos y se espantó al notar la presencia del señor del overol, sin embargo, Lorenzo le sonrió agradecido. En su mirar había vuelto a ver aquellos dos portentosos luceros que un día Graciela encendiera tan solo para él.

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