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 19 feb 2018
Por: Alejandro Mier

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Alejandro Mier

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Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...

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Febrero del año 2032. Planeta Tierra.

 

En un mundo dominado por la tiranía del hombre, en la que ha tomado como nueva víctima a la mujer, los valores de la humanidad han quedado sepultados en el olvido.

Diez años de machismo dieron luz al resurgimiento de la esclavitud, sólo que esta vez, no entre razas sino entre sexos.

Ya no existe una sola mujer en puestos públicos; tampoco en empresas. Las figuras de esposa, madre o hija han quedado reducidas a sirvientas; la familia es cosa del pasado.

La necesidad de prostitución se ha esparcido por los cinco continentes dando lugar a enfermedades que hacen ver al Sida como una simple gripe.

Hace un par de años, en un país asiático, inició el deporte que por fin derrocó el liderazgo que el fútbol mantuvo en la afición por más de un siglo, consiguiendo atraer a millones de fanáticos: la cacería de mujeres. Objetivo: el hombre que demuestre haber asesinado al mayor número de hembras, será premiado y respetado.

En diversas partes del mundo, grupos femeninos han huido en busca de un refugio seguro. Otras más, en cuyo pasado inmediato figuraban poder, conocimiento y liderazgo, se reúnen de manera secreta para comandar grupos de resistencia e idear un plan de supervivencia.

Dos hechos ocurridos de manera simultánea en la mañana del 14 de febrero de 2032, estalla la inminente guerra de hombres contra mujeres. Irene Díaz, la mujer que fue nombrada Premio Nobel de la Paz por haber ayudado a dar fin a la guerra mundial del 2025, ha sido ultrajada y quemada públicamente por los mismos hombres de su país, en la plaza del pueblo que la vio nacer. Del otro lado del mundo, una de las pocas mujeres aún respetadas por su fuero real, la Reina Constanza, descubre a su esposo conspirando para atacar un suburbio cercano. La escena sucede cuando la Reina escucha voces en una habitación escondida del palacio y al mirar con discreción para no ser sorprendida, ve al Rey rodeado de mujeres a las que somete con violencia para saciar su detestable apetito sexual, al tiempo que vía telefónica da la señal de acabar con el suburbio, sin importarle que en él habite la familia de la propia Reina.

Constanza no interrumpe al Rey. Va a su habitación, pone en alerta a su madre para proteger a los suyos y entonces se comunica con sus aliadas en el mundo: no hay remedio, la resistencia pacífica se acabó; los recursos políticos se agotaron... es hora de hacer la guerra.

Por la tarde, la Reina Constanza entrega al Rey un té cargado de cianuro. Lo besa en la frente y se retira a los jardines. Su paseo se torna triste y llora inconsolable conocedora de que, a partir del día de mañana, el bellísimo azul del cielo, los frondosos árboles, las risas de los niños corriendo tras la pelota, serán escenas entrañables que se permutarán por un negro porvenir: ¡Por qué Dios! –Grita al cielo rompiendo el crudo silencio–, ¡por qué tanta soberbia en tu propia creación!

Y la batalla que duraría doce años, comenzó.

El hombre, que inicialmente contaba con un poder absoluto de armamento, económico y de conocimiento bélico, en tan sólo trece meses exterminó a más de la mitad de la población mundial femenina. Acabarían con todas, a excepción de un grupo reducido destinado a la esclavitud y otros selectos ejemplares, cuya función dentro de laboratorios controlados sería exclusivamente la procreación.

Pero en el tercer y cuarto año, la batalla comenzó a tornarse más pareja. Las damas hacían notorio un trabajo mucho más estratégico y ordenado. Atacaban con cautela y siempre a puntos muy vulnerables que ocasionaban bajas importantes en sus rivales. Habían aprendido a hacer uso de sus habilidades naturales y poco a poco lograban mejores resultados.

Ellas formaron un solo ejército a nivel mundial, con miles de células peleando por un mismo objetivo: acabar con los hombres para volver a encontrar la paz y vivir tranquilas. En cambio, los hombres cada vez se dividían más: ya sea por cuestiones raciales, de poder o de dinero. Los países comandados por ellos no sólo querían el exterminio femenino, sino que muy seguros de su triunfo, se preocupaban por ser el estado más poderoso y eso fracturaba su fortaleza.

Por el mundo cabalgaban mil proezas femeninas, todas ellas ciertas, en las que unas cuantas damas acababan sometiendo a bandos masculinos tremendamente mayores en número que el de ellas. Mariel, una bella generala suiza, acababa de ser noticia. Entró a una provincia sitiada. Venía acompañada por un grupo de veinte mujeres que se arrastraban suplicando alimento para sus bebés, ya que todas cargaban en la espalda a sus críos. Al verlas, los hombres se rieron y las hicieron pasar a su centro de operación saboreando ya el festín que se darían con ellas; sin embargo, en el momento menos esperado, Mariel dio la orden, y entre los bultos donde se supondría habría bebés, sacaron tremendo armamento. En breves minutos el sitio era una alfombra de peludos varones.

Con el paso de los años, otro factor radical en la inteligencia femenina fue la creación del hospital mejor atendido del mundo; y más aún, bajo la directriz de Belinda Robles, experta en genética e inventora de la cura de la infertilidad, trabajaban sin descanso en lo que unas pensaban sería el hallazgo científico más importante desde la creación de la raza humana.

Pronto, territorio tras territorio, las mujeres comenzaron a ser mayoría. Días atrás, recién habían dado un golpe definitorio en el continente americano, ya que uno de los principales líderes mundiales estaba perdidamente enamorado de Johana, una astuta espía militar que se hacía pasar por masajista. Johana sabía cómo seducir al líder que, con algunos coñacs de más, se comportaba tan dócil como un niño y soltaba la lengua de importantes ofensivas militares; así, ellas se habían anticipado derrotándolos una y otra vez. En esta ocasión, para dominar el continente en pleno.

Contra todos los augurios iniciales, después del décimo año, era un hecho, que las mujeres terminarían por acabar con los hombres..., todo era cuestión de meses.

Ahora, eran ellos quienes se escondían y vivían con un temor terrible de ser encontrados, y tarde o temprano así sucedía, no había salvación ni piedad, asuntos inculcados en las mujeres por ellos mismos.

Finalmente, a comienzos del año 2044 el exterminio del hombre está prácticamente concluido; sólo queda un pequeño comando dirigido por Aarón, uno de los más violentos y temidos adversarios.

Florencia, la soberana mundial femenina, descansa plácidamente en su despacho. Hojea un libro antiguo de National Geographic que muestra las bellezas naturales más importantes de los cinco continentes. Feliz, piensa que pronto las mujeres podrán poner todo su empeño en restaurar los daños, rescatar las especies en extinción y volver a disfrutar de tan preciados lugares.

–Mi señora –interrumpe su asistente–, siento molestarla, pero el comité de guerra y el de científicas requieren su presencia.

Al entrar a la sala de juntas el ambiente es de fiesta; abundan las sonrisas y los panecillos recién horneados.

–Bueno, bueno, bueno, ¿y a qué se debe tanta alegría?

–Obsérvelo usted misma, mi señora.

La jefa de guerrilla proyecta una imagen en la que se ve a Aarón con su pequeño grupo.

–Hemos descubierto su refugio. Están rodeados y nuestras valientes amazonas solo esperan su señal para acabar...

–Lo sé, lo sé... ¡Con el último grupo de hombres sobre la tierra! ¡Adelante! ¡Viva la libertad!

La ovación y los abrazos estallaron entre ellas mientras veían como Aarón, en un cobarde acto que quedaría grabado para la posteridad, mataba uno a uno a sus hombres.

–Mi señora, esa no es la buena noticia...

–¿Podría haber algo mejor en estos momentos?

–Créame que sí. La doctora Belinda Robles se lo mostrará...

Por el largo pasillo del búnker, Florencia vio aproximarse a la doctora Robles, acompañada de una linda adolescente que estaba a punto de dar a luz.

–Qué bello –dijo Florencia acariciando su vientre–, pronto tendremos vida, será el símbolo del resurgimiento de nuestro nuevo mundo...

–Y que lo diga, mi señora –agregó la doctora Robles–, ¿me permite mostrarle el milagro con el que nos ha bendecido Dios?

–Adelante, ¿hay más sorpresas?

La doctora Robles proyectó en el aire fórmulas de cadenas químicas que conformaban la creación de la vida, con ejemplos de reproducción asexual en vegetales y animales.

–Como ustedes recordarán –comenzó su exposición–, en la fecundación los cromosomas “XX” corresponden a la mujer y los cromosomas “XY” al hombre. Es de todas sabido que siempre fueron del mismo tamaño y que en las últimas décadas, de manera natural, el cromosoma “XY” comenzó a reducirse. Bueno, pues después de 19 años de estudio, el arduo trabajo de investigación de las damas aquí presentes, ¡ha dado resultado! Adelantamos lo que el tiempo haría por sí mismo quizá en un siglo: eliminamos el cromosoma que hasta hoy ha dado vida al sexo masculino; y no sólo logramos eso, mi señora..., está usted, ante un milagro: ¡la primera mujer con capacidad de reproducción asexual!

Las damas se abrazaron llorando alrededor de la joven embarazada, formando un solo grupo. En cuanto se tranquilizaron un poco, la soberana preguntó:

–¿Me estás diciendo que podremos embarazarnos sin la necesidad de un hombre?

–Sí, mi señora. Conseguimos dotar el cuerpo femenino de la información genética necesaria para reproducirse por partenogénesis, es decir, por sí mismas; ahora todas nuestras descendientes serán hembras. Mujeres dueñas de su propia fertilidad que podrán transmitir a sus crías un código genético mucho más poderoso que el nuestro.

Coincidentemente ese día también era 14 de febrero, sólo que del año 2044. Por la noche unos gritos despertaron a Florencia. Uno provenía de las penosas súplicas de Aarón antes de que le propinaran el tiro de gracia. El otro grito salía del laboratorio: era Esperanza, la nena recién nacida.

 

 

 

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